En esta ciudad, donde vagar se hace cada día más difícil, aún quedan aromas antiguos, viejos cafés que resisten bajo la fachada de teatros que antaño latían de música y voces. El Paralelo va muriendo lentamente. Lo vi bullir en mi infancia, o eso creía. Agarrada a la mano de mi padre, me extasiaba mirando gigantescos rostros de artistas, pintados a mano, que se cambiaban cuando la función se había agotado.
El Retiro soporta los embates de un exceso de turistas ansiosos de borrachera y arena y pletóricos de gritos; se resiste a la especulación en un barrio donde las gentes han cambiado y han traído aromas de otras tierras.